>> domingo, 21 de febrero de 2010

Me arrancó del sueño profundo el penetrante tic-tac del reloj. Seguía dando vueltas en una cama ya desierta. Gélida como mi propia respiración. Ataviada entre tanta manta que solo acaloran el cuerpo. Que dejan fría el alma. Con esas ganas que recorren mi piel de alejarme más de tus recuerdos. De perderme en mitad de la nada con la esperanza de no buscar tus ojos entre las sombras del olvido. Respiré profundamente mientras el ardor que sentía me hizo deshacerme de toda aquella ropa que tenía encima. Se me antojó helado aquel níveo suelo de mármol. No quedaba presupuesto para pagar un motel con moqueta. Aunque fuera adornada con algo de moho. A tientas encendí la luz del baño. Un fogonazo de claridad se incrustó en mis ojos cegándome por unos segundos. Vi sonreír a mi reflejo en un momento entre la vigilia y el sueño. Desapareció aquella efímera alegría dando paso a algo de rímel corrido y ojeras hasta los tobillos. Se me antojó la mi imagen demasiado borrosa. Las lágrimas deseaban hacer de nuevo su fatídico acto de presencia. Dejarlas a la orilla de mis ojos es lo que haría. Sudaría la tristeza si hiciera falta. No volver a llorar por nada era mi única esperanza. Abrí el grifo y dejé el agua correr, luego introduje mis manos bajo el agua tibia. La sentí como una bofetada cuando acudió violentamente a mi cara. Despejarme era lo que quería y solo conseguí despertarme. Aquello daría lugar a pensamientos inestables. Fino hilo el que sustentaba mi existencia. Cerca del suelo de las almas perdidas se encontraba mi vida.
Porque sabía que al salir no le encontraría, con la mirada fija en mi portería. Él ni siquiera corrió después de tomar la decisión. Porque los llantos que aún me duelen de noche hasta hacerme agonizar no suponen más que pasado para su dulce corazón. Aquel que posee alguien que seguramente tendrá muchas cosas más que ofrecerle que esta humilde idiota. Que se balanceaba entre la felicidad y la más pura agonía. Que el placer que le producen sus labios al rozarse con los suyos ni es comparable ni tiene comparación. Ni siquiera la admite. Ni siquiera la nombraría. Que se me hace corto todo esto al notarle tan lejano. Tan cerca a la vez. Porque aún me acalora su presencia ausente. Que mi risa desapareció con su mirada. Que se quedó prendada de su adictiva forma de existir.
Que el huir fue la única solución entre las dos posibles.

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