De nada sirve ir a más velocidad si los recuerdos te encadenan

>> martes 14 de febrero de 2012

- Noche clara. Tarde de crepúsculos lejanos. Sentimientos a flor de piel. Si, de esos que escuecen en cada roce de labios. Dejarse llevar, que suena demasiado bien. Perderme en tu espalda y reencontrarte entre mis brazos. Miedo ¿Qué? Eso que siento cada vez que te alejas. O cada vez que deshago mis pasos en torno a un infinito deseo. Tu cuello. Tu aroma que vicia el ambiente de suspiros entre beso y beso. Y por no arrancarte la ropa me derrito en tu mirada. Escondidos, donde nunca nos encontrarán. Y se me agita el alma con tu respiración. Pero, como cuento de hadas actualizado, me marcho y tú te quedas donde nadie nos conoce. Me ahogaré en la madrugada, con nuestros recuerdos. Sentiré, que esta vez, es lo más importante.

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Los días raros

>> sábado 21 de enero de 2012

“A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto,

y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante.”

Oscar Wilde

Apoyó las manos en el frío mármol. Mantenía la cabeza gacha, intentando recuperar el ritmo correcto de su respiración. Pero, desde que el destino había decidido arrancarle el alma había olvidado hasta la manera de coger el aire para que este alimentara a sus pulmones mecánicamente. Ni siquiera sus fuerzas de flaqueza se habían quedado a observar la escena. Todos se habían marchado ya. Alexandra aún seguía dudando si cruzar el umbral de la puerta para, una vez por todas, admitir que ella ya no iba a volver. Pero la esperanza se había perdido entre las grietas de una caja de Pandora con más desgracias que gratos recuerdos por los que luchar.


Primer párrafo de mi nueva historia, en cuanto esté acabada la colgaré, aviso que será terriblemente larga así que seguramente la iré colgado por "capítulos".

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Perdona si esta vez ya no pienso en ti

>> martes 10 de enero de 2012


- Una Barcelona espléndida brillaba entre las luces de una tarde temprana invernal. El olor a frío calaba de forma perpetua en mis destartalados huesos, en esos que te impregnaste el día que me regalaste mi primer sueño. Mis pasos, serenos pero a la vez cansados se arrastran por El Barri Gótic, y me encandilo con el sonido de éstos contra el suelo sin pararme a pensar si realmente es mi conciencia la que intenta hacerse hueco a grito pelado entre mis pensamientos irracionalmente perfectos. Llego, sin quererlo, a Arc de Triomf y el crepúsculo se me echó encima de manera soez. Las luces se resentían con la muerte del día. Me dejé caer en un banco cercano y resoplé profundamente. Abracé mi bolso durante un segundo y lo abrí sin dudarlo, no fuera a ser que me arrepintiera en el acto. Saqué veinte cartas, atadas con un cordel ya desgastado. Estiré de una, al azar. Me las sabía de memoria, incluso aquellas partes borradas por las lágrimas se reproducían en mi mente una y otra vez, como un bucle incesante de ideas perdidas. La abrí sin leer su nombre, aunque podía recordarlo, escrito a fuego en mi piel. Resoplé de nuevo y la abrí. Era la del día de mi cumpleaños, la que dejaste en mi mesita antes del amanecer. Habíamos tardado en quedarnos dormidos, hablando, amándonos. Al despertar allí estaba, el sobre con su olor tatuado. Adjuntó un mapa mundi, señalando los sitios donde habíamos acordado dejar nuestra huella. No decía nada más de lo normal. Que me quería (ya claro, como si ahora pudiese creerlo) y que me deseaba toda la felicidad del mundo. Contradictorio. Me dejó para lucrarse de esa felicidad que me arrebató cuando se marchó. No pude pasar del primer párrafo, aunque solía recitarlas cuando quería convencerme de que volvería. No dejé que las lágrimas anidaran más de lo necesario. Saqué un mechero y apreté fuertemente las cartas en mi mano mientras acercaba la llama a ellas. Pronto prendieron. Y yo, en un gesto instintivo, las tiré al suelo, me abracé y observé como se quemaban en el infierno de mi tristeza más profunda. Las cenizas oscuras volaban de acá para allá. Se marchaban, junto con sus falacias en forma de poemas de primavera. Miré a mi alrededor y me sonreí. Era el momento de deshacerme de su recuerdo. Cuando el fuego se extinguió ya no quedaba nada. El viento se lo había llevado todo. Incluso mis lágrimas. Me levanté del banco y deshice mis pasos. Me dirigí a la boca del metro pero, justo antes de entrar, me paré junto a una papelera. Rebusqué en mi bolso y saqué tu foto. Por enésima vez la arrugué, decidida que esta sería la última y, con fuerza la lancé al vacío de nuestras noches eternas, convencida de que las cosas iban a cambiar.


"Y notas frío, hace frío, esta noche te duele demasiado..."

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>> martes 29 de noviembre de 2011

- A las mujeres simples se las compra con grandes regalos. Joyas carísimas de un escaparate luminoso. Una cena el el restaurante más exclusivo de la ciudad más envidiada.
A las mujeres complejas, a las difíciles, esas que pasan por tu lado sin llamar demasiado la atención. A esas especialmente. A esas se las compra de otra manera. Mejor desagámonos del verbo comprar. Más bien uno se las gana ¿Sabes? Poco a poco, de la manera más insospechada. Cada una de ellas es diferente dentro de la rareza más absoluta. Ellas disfrutan con la luz de la única estrella que queda justo antes del alba. Con el sonido del mar y el profundo olor a sal, que las abraza y las hace sentir. Dales una sonrisa y una tarde de poesía y te pagarán con la mejor de las sonrisas. Ellas son las que mueven el mundo bajo sus pies amigo, ellas son las únicas que pueden robarnos el aliento y devolvernos el aire con un beso. Elige bien, porque como solía decir mi abuela: No es oro todo lo que reluce. Porque ellas, y solo ellas, brillan con luz propia.

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La vereda de la puerta de atrás, por donde te vi marchar.

>> domingo 27 de noviembre de 2011

- No. Hay cosas que nunca cambian. No cambia la imagen desesperada que encuentro a prisa en un espejo resquebrajado. No cambia que esa imagen sea la mía, la que llora por mi ausencia efímera. No cambian las palabras, esas que a fuerza de ser de aliento se convierten en una soga atada a mi cuello. No cambian los hechos que me hacen partirme en dos de forma automática. No cambian los sueños, el deseo de una vida que no dependa de la veleta de su actitud esta mañana. No cambian mis anhelos de que todo esto acabe, aunque sea más o menos bien. Vaya, creo que ahí me he pasado, es pedir demasiado.
No sé si me he vuelto gilipollas con la edad o es que simplemente me he dejado vencer por los años que tanto me costaron superar, dejando que la guerra ganara mi batalla. La victoria naval de mis lágrimas traicioneras, corriendo por mis mejillas de forma desbocada. Si, esa debe ser la respuesta a todas mis preguntas. La culpa es mía. Tragar las penas y mostrar solo las alegrías mintiéndome a mi misma, como hago desde que tengo conciencia.
Y ahora me llamas. Me susurras que me amas y yo tengo que tirarme a besarte incluso la mierda que hay pegada a tu zapato. Deseando decirte que se acabó. Porque, ya no hay ganas de seguir el show, ni de continuar fingiendo.

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Los colores de una sombra

>> miércoles 26 de octubre de 2011



"Noche maga ¿A dónde fuiste? De nada sirve ir a más velocidad si los recuerdos te encadenan. Y ahora, con el ánimo suficiente para saldar cuentas vuelvo a 1999. No... ¡Es necesario volver a 1999! Y quizás cuando vuelvas ahora todo se habrá arreglado. Es una vana esperanza..."

Santi Balmes, Love of Lesbian


Casualidad. Así empezó todo, con la más pura y remota casualidad. Y como inmersa en un perpetuo retorno al más puro estilo nietzscheciano me acuerdo de cada segundo de aquellos días. Como un bucle con una extrema duración a través del tiempo. Me acuerdo de aquellas semanas que se antojaban imposibles. Rápidas. Impensables. Sentidas de la manera más profunda. Grabadas a fuego en unos recuerdos frágiles. De cristal quebradizo. Respiro profundamente. Escucho de nuevo atentamente la letra de aquella canción que tantas veces te vi susurrar sin sentir casi exhalación entre tus labios. Como una lección aprendida. Aquella que, a fuerza de ser expresada se convirtió incluso en la realidad más inesperada. Te vi, bailando con gracia absoluta. Mirarme como tú solo sabías hacerlo. Penetrando tus ojos en los míos, despreocupados. Fríos. Confiados. Te devolvían la mirada unos que solo podían desbordar pánico. Reproches. Sentido común, aquel que se escapaba por mis labios camuflado con movimientos pasionales que me hacían desear cada roce de tu cuerpo.
Me acuerdo también de lo malo, por mucho que mi memoria intentó borrarlo de manera automática. Considerarlo daños colaterales. Aquellos que te exigían dignidad a pesar de la derrota humillante. Decidí quedarme con lo bueno, eso si. Escribirte única en unos textos infinitos. Describirte perfecta en todas toda tu plenitud. Dar alas a una imaginación sensible a las palabras colocadas en mal lugar. Aquellas que solías pronunciar con bastante facilidad en mi presencia. Dar al jamás el lugar que corresponde. Y sentirte, ahora que se acerca el aniversario de todo lo sucedido, con más fuerza que nunca en mis pensamientos. Sin sentir ahora lo que sentí en antaño. Con la lección aprendida de que tu corazón solo se reparte en fascículos elegidos por ti misma. A personas concretas. Dedicándote una vez más, y todas las que haga falta, aquella letra que una vez me hizo no dejar de pensar en ti.




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Un día en el mundo

>> martes 27 de septiembre de 2011

Caminaba por el centro de una Barcelona atrapada en un calor inhumano para casi el mes de octubre. Los rayos traicioneros del sol caían sobre mi espalda, mientras yo corría para no perder el autobús que estaba a punto de partir. Era hora de volver a casa y de ahogarme entre los recuerdos inventados que me provoca el subconsciente de una música mal escogida. Como siempre, el sitio más cercano sería el apropiado. Me senté, con desidia, deseando no encontrarme a nadie mínimamente conocido. El coche arrancó, sin prisa. Dejando atrás una Plaza España repleta de gente, moviéndose de arriba a abajo, tropezándose con la rutina de sus pasos. Hacía bastante tiempo que me había colocado los cascos en posición no molestar. De pronto, el mecanismo de la esperanza y la invención se accionaron en un trabajo perfecto. Mi imaginación se sumergía en una vorágine de situaciones inconclusas. Canciones que te hacen volar lejos del lugar donde te encuentras y aún así, con los pies en el suelo, sabes que aquello que más anhelas nunca sucederá. Respiré profundamente. El aire acondicionado se sustituía ahora por la rápida brisa que se cuela por las ventanas entreabiertas. El verano ya había pasado, de eso no cabía ninguna duda. Los centros comerciales ya no eran gélidos congeladores. Ahora solo existía el olor a perfume que siempre los invadía. Los días nunca me habían parecido tan largos y las noches tan cortas. Será el sentimiento de no haber empezado la etapa de mi vida por la que había luchado durante tanto tiempo. Pero la inseguridad invadía mi estado de ánimo, convirtiéndome en frágil cristal quebradizo. Sintiéndome algo más que innecesaria para todo el mundo, incluso para aquellos que no me conocían.
Echando de menos el pasado más inmediato, a pesar de no ser del todo satisfactorio. Un verano extraño, que no me dejó del todo llena. Planes que, con el tiempo, se convirtieron en eso, en planes. Lanzándolos dentro del saco de cosas que, por su misma imposibilidad, se habían convertido en polvo. Estábamos llegando y la noche caía sobre mi como una acusación tediosa. Suspiré, de manera sonora esta vez. Respirando, para no ahogarme en mis propias miserias. Me dispuse a bajar de allí, recorriendo un camino aprendido hasta mi casa. Recogiendo aquellas últimas palabras de música bendita como momentos que nunca se repetirán. O a fuerza de ser repetidos, parecen inventados. Me quité los cascos y el mundo se volvió real. Entré en mi edificio, pensando una vez más en todo lo que me estaba perdiendo ahí fuera. Sintiéndome insignificante, devolviéndome la esperanza que yo misma me había regalado. Recordándome, una vez más, lo mal que está eso de mentirse a una misma.

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