Yo me imaginaba un futuro pluscuamperfecto.

>> jueves, 20 de junio de 2013

- Las lágrimas se me han atragantado. Se han acomodado en mi tráquea y se sienten como en casa. 
La maraña de sentimientos inconexos me provocan unas arcadas que nacen de más allá de la boca del estómago. Mi cuerpo pesa toneladas. Es como si se hubiese aliviado, pero sabemos que esto solo acaba de empezar. Y no se siente preparado para otro golpe. Duro. Frío. No se siente preparado para afrontar un revés del destino, porque se ha cansado. Y las fuerzas se le han esfumado. Por eso pesa. Porque está tan vacío que ni siquiera el aire que quisiera dejar de respirar le llena.
Y mi corazón me grita. Las grietas se abren y sangran a borbotones. Pero yo no hago más que urgar en ellas y hacerlas más grandes. Más dolorosas. Y rebusco en mi cama una salida a todo esto. Aunque no llega nunca, ni siquiera en mis sueños. 
Creo que incluso he dejado de sentir. Lloro por costumbre. Echo de menos sonreír sin tener que pagarlo con creces instantes después. Yo no pido nada del otro mundo. No quiero tener que dormir bajo los efectos de pastillas porque las pesadillas no me abandonan. 
Yo solo le quiero a él. A nuestro antes. Y que este después se convierta en una espesa bruma. Que se la lleve el viento. Junto a todo lo que conlleva. 

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