>> domingo, 21 de junio de 2009

- A lo lejos la nieve envolvía de pureza nívea el paisaje urbano. Yo paseaba, sentía como el frío cortaba mi cara, la rasgaba con su fuerza. Tenía el estómago revuelto, necesitaba salir de esas cuatro paredes o acabaría volviéndome loca. Aún resonaba el portazo en mis oídos, al igual que los gritos y las amenazas incumplibles. Ya no le buscaba en las pisadas ajenas en el manto blanco, tampoco esperaba el resonar del teléfono que ahora tenía en mi bolsillo. Su gélido aliento, su piel ardiente, su pelo negro y su tez lechosa era en lo único que podía pensar, pero a pesar de todo ya no esperaba su llegada. Había desaparecido como los bárbaros que querían acabar con él, porque así debía de ser, las cosas debían zanjarse a su manera.

Adios querida Caterina, adiós.


Se acabó.

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