>> martes, 10 de noviembre de 2009


Apoyada mi cabeza contra el gélido cristal dejaba escapar exhalaciones de puro placer. Placer por sentirme tan cerca sin estar ni siquiera un poco lejos. Muy cercana a mi misma, abrazándome, sintiéndome de nuevo. Anuncian por megafonía que el avión está a punto de aterrizar. Todo muy claro se halla ahora en mi cabeza.
No como aquel día. En el que todo cambió. Aquel día que decidí escapar de todo. Escaparme de mi misma. De aquellos recuerdos que alimentaban mi dolor. Aquel hambre fiera que me tragaba. Junto a las lágrimas. Junto a todo lo malo. Porque no era nadie yo. Ni siquiera era.
Ahora, hablemos en presente. Hablemos del soy. Del estás. Del futuro. Del que nunca me dejarás. Se abren las puertas y salgo al exterior, recorro pasillos interminables y recojo el poco equipaje que llevo conmigo. Algo de amor a espuertas y sentimientos a flor de piel. Al abrirse esas puertas que se me antojan lentas, huelo tu perfume cerca, muy cerca. Puedo sentir tu piel solo con olerte.
Te vi. Me viste. Nos vimos. Corrí como alma que lleva el diablo y te abracé. Respiré el amor de mañana. En tus brazos se encontraba el punto y final.
Porque todo fue como un largo viaje, lleno de tantas cosas inexplicables, de otras que no vienen a cuento. Todas con este resultado. Tú. Mi destino. Mi largo camino a casa.



Gracias por dejarme encontrarme, por encontrarte a ti de paso.

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