Lucha de gigantes.

>> lunes, 30 de mayo de 2011

Entré en aquel edificio. Una manera cortante y concisa de escapar del gran tumulto que rodeaba las enormes calles de ésta atestada ciudad. Cuerpos moviéndose. Algunos sin ánimo ninguno, más que para arrastrar los pies movidos por la inercia más absoluta. Supongo que aquello que reprocho a los seres humanos es lo que más anhelo. Poder absoluto de evasión, dejando los problemas a un lado y triturándolos como simple polvo movido por una dulce ráfaga veraniega. La forma en que me transporta a sentirme completamente incapaz de dejar aquellos sentimientos que afloran por cada poro de mi piel es lo que me convierte en alguien diferente a los demás. Soy incapaz de callar, a pesar de hablar demasiado. Soy incapaz de reprimir mis sentimientos, a pesar de que fuera mejor permanecer reprimida que hablar. Soy incapaz de evitar querer sentirme profundamente arraigada a la vida de alguien que me importa, a pesar de que esa persona no quiera más que tenerme lejos.
Apoyé la espalda en la pared. Aquel contacto frío hizo que mi cuerpo se viese azotado por un inesperado escalofrío. Ni siquiera sabía donde me encontraba. En medio de una Barcelona soleada. Llena de coches que pasan rápido por calles como Gran Vía, Aribau o Diagonal. Altos edificios, bañados por la luz de aquel atardecer que rozaba lo estival. Siéndome completamente sincera adoraba aquella ciudad tan inesperada y sorprendente. Me sentía alguien insignificante llenándome con el sonido de mis pasos recorriendo el laberinto que me suponen sus barrios. Pero ahora, en este preciso instante, no deseaba perderme. Solo quería encontrarme de una vez por todas. Es posible que, en aquel inmueble de apariencia antigua encontrara lo que estaba buscando. O quizás solo encontrara más preguntas de las cuales no conozco la respuesta. Y posiblemente jamás podré lograr a comprender. Decidí subir por las escaleras. Aquel ascensor parecía algo destartalado, no me apetecía quedarme atascada ahí dentro. El ambiente estaba viciado de tranquilidad y armonía. Unas pequeñas cristaleras daban luz a cada uno de los pisos. Aquella luz que se colaba de forma limpia y clara reflejaba los mantos de polvo que casi adornaban las puertas y le daban un aire algo más bohemio. Imaginé que aquel edificio, en la época donde ser un artista significaba algo más que salir en las revistas, aquellos dueños de las artes darían rienda suela a su imaginación y crearían espectaculares obras que no apreciarían más que sus amigos, tomando un café y fumando tabaco de liar. Ascendí hasta lo que parecía el último piso. Una gran puerta metálica me separaba de lo que ahí se encontraba. Por la cerradura se colaban los pequeños rayos de sol, deseando escapar. Abrí sin mucho esfuerzo. Delante de mi, una pequeña azotea. Algunas plantas adornaban aquel espacio íntimo. Un banco de madera, algo roída por el paso del tiempo, se situaba en el centro. También unas sillas y una mesa de plástico, con botellas de agua desteñidas por el sol. La ciudad se extendía de manera sublime. A pesar de los que algunos pudieran pensar al ver aquello para mi era como si hubiese encontrado el paraíso. Un pequeño Nirvana que esperaba en silencio la visita de personas sencillas como yo, con el único fin de proporcionar lo que estaban intentando hallar. Me senté en el banco que presidía la estancia y observé el horizonte. Barcelona en todo su esplendor. Saqué de mi bolsillo el reproductor y lo encendí en aleatorio. La primera en el pecho. Lucha de gigantes, de Zahara y Santi Balmes. Los primeros acordes sonaron como música celestial. Cerré los ojos de manera impulsiva. Supongo que hay canciones que nos llegan tan adentro como el propio latir de nuestro corazón. Y ésta para mi, era una de ellas. En un mundo descomunal, siento mi fragilidad. Sentir. Y sentir que andas perdida entre tanto vaivén de la vida. Y dejar de sentir por un segundo y darte cuenta de que si no sientes no existes. Y si no existes dejas de ser importante incluso para ti mismo. Me da miedo la enormidad, donde nadie oye mi voz. Temer a todo aquello que se nos escapa de las manos. Y vernos desorientados entre tanto miedo que al final incluso actuar nos parece un acto heroico. Y no es más que un método de supervivencia, un simple acto de cobardía absoluta. Sentirse completamente solo rodeado de tantas personas que no se paran a escuchar los lamentos ajenos. Vivir en tierra de nadie y sentirse lo más miserable del mundo. Luchar contra los fantasmas de la noche, que te azotan con lágrimas inesperadas, con penas innecesarias.
Abrí los ojos de golpe, cuando la melodía de la siguiente canción empezaba a sonar. Dejé de soñar despierta por un momento. Errante de Niños Mutantes era la siguiente canción. Pensé en arrancarme el reproductor y tirarlo al vacío. Parecía que aquel artilugio se había puesto en mi contra para atraer malos recuerdos. Aquella canción evocaba en mi tiempos añejos. Tardes soñando junto a la persona a la que más momentos he regalado en mi vida. Alejé su imagen de mis pensamientos y me deshice de los recuerdos como ella pisoteó mis sentimientos. Y sonreí al ver el cielo teñido de un rosa abrumador. Y sin que se me borrara la sonrisa, sentí como su mano imaginaria se posaba en la mía y el viento susurraba cerca de mi oído. Porque nunca se acabarían los cielos rosas para nosotros.

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