Año nuevo

>> jueves, 11 de agosto de 2011

Miraba al techo. Aquella destartalada habitación de motel la ahogaba hasta lo más profundo a causa de una humedad que calaba en los huesos. El ruido de aquel tálamo de muelles que la sostenía a varios pies sobre el suelo se le antojaba la melodía más armoniosa que había escuchado en mucho tiempo. Comparado con los gritos de su progenitora en el cuarto de al lado. Los golpes. El charco de sangre. Los ojos inyectados en ira de él, que la hacían temblar de miedo solamente con que el recuerdo pasara por su mente.
También recordaba, con algo más de grata conciencia, el estallido de felicidad y de alegría al meterse la primera raya. Al sentirse libre esnifándose la vida. El no tener que volver a casa, porque ya no había nadie esperándola con una reprimenda propia de alguien que bien te quiere te hará llorar. Dejar de recordar para empezar a vivir una existencia propiciada al fracaso. Lanzó sus sueños de escritora de éxito por la ventana. Abriéndose la puerta de todo lo que vendría después de las ventas millonarias pero sin el dinero suficiente ni las ganas de afrontar la más cruda realidad.
Sobre la mesa una Biblia ojeada, con frases subrayadas a lápiz. Todas ellas hablan del perdón y la fe. Algo que ella no buscaba. Algo que ella había perdido hacía ya demasiado tiempo. También unas velas encendidas, casi apagadas por la propia cera, donde se intuía unos números. Algo así como 25. Ahora observaba como otro año más se consumía más de lo debido. Se esfumaban los años. Y ella hacía tiempo que había dejado de vivir para empezar a sobrevivir. Con lo puesto. Con algo menos de ropa arrancada por algún cliente improvisado.
Ahora, dentro de aquella burbuja pestilente, le resbalan las lágrimas por los ojos. Maldiciendo su suerte. Con el sudor corriéndole por la frente, una nueva dosis reclama ser consumida. Pierde las fuerzas con la última pastilla. Deja caer todo su peso sobre la cama. Y así cierra los ojos, empapados en direcciones equivocadas y silencios cargados de arrepentimiento. Ve a su madre. Le sonríe. Coge su mano. La fuerza, poco a poco, abandona su cuerpo. Y así se deja morir, sin más pertenencias que un corazón que a base de golpes se hizo añicos dentro de su propia piel. Un alma que se le escapó a borbotones por los ojos. Con el recuerdo de algo que nunca sucedió en su mente. Sentimientos ajenos que nunca importaron a nadie. Aún así feliz de haber encontrado la paz. Aunque fuese en otro mundo.

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