Un día en el mundo

>> martes, 27 de septiembre de 2011

Caminaba por el centro de una Barcelona atrapada en un calor inhumano para casi el mes de octubre. Los rayos traicioneros del sol caían sobre mi espalda, mientras yo corría para no perder el autobús que estaba a punto de partir. Era hora de volver a casa y de ahogarme entre los recuerdos inventados que me provoca el subconsciente de una música mal escogida. Como siempre, el sitio más cercano sería el apropiado. Me senté, con desidia, deseando no encontrarme a nadie mínimamente conocido. El coche arrancó, sin prisa. Dejando atrás una Plaza España repleta de gente, moviéndose de arriba a abajo, tropezándose con la rutina de sus pasos. Hacía bastante tiempo que me había colocado los cascos en posición no molestar. De pronto, el mecanismo de la esperanza y la invención se accionaron en un trabajo perfecto. Mi imaginación se sumergía en una vorágine de situaciones inconclusas. Canciones que te hacen volar lejos del lugar donde te encuentras y aún así, con los pies en el suelo, sabes que aquello que más anhelas nunca sucederá. Respiré profundamente. El aire acondicionado se sustituía ahora por la rápida brisa que se cuela por las ventanas entreabiertas. El verano ya había pasado, de eso no cabía ninguna duda. Los centros comerciales ya no eran gélidos congeladores. Ahora solo existía el olor a perfume que siempre los invadía. Los días nunca me habían parecido tan largos y las noches tan cortas. Será el sentimiento de no haber empezado la etapa de mi vida por la que había luchado durante tanto tiempo. Pero la inseguridad invadía mi estado de ánimo, convirtiéndome en frágil cristal quebradizo. Sintiéndome algo más que innecesaria para todo el mundo, incluso para aquellos que no me conocían.
Echando de menos el pasado más inmediato, a pesar de no ser del todo satisfactorio. Un verano extraño, que no me dejó del todo llena. Planes que, con el tiempo, se convirtieron en eso, en planes. Lanzándolos dentro del saco de cosas que, por su misma imposibilidad, se habían convertido en polvo. Estábamos llegando y la noche caía sobre mi como una acusación tediosa. Suspiré, de manera sonora esta vez. Respirando, para no ahogarme en mis propias miserias. Me dispuse a bajar de allí, recorriendo un camino aprendido hasta mi casa. Recogiendo aquellas últimas palabras de música bendita como momentos que nunca se repetirán. O a fuerza de ser repetidos, parecen inventados. Me quité los cascos y el mundo se volvió real. Entré en mi edificio, pensando una vez más en todo lo que me estaba perdiendo ahí fuera. Sintiéndome insignificante, devolviéndome la esperanza que yo misma me había regalado. Recordándome, una vez más, lo mal que está eso de mentirse a una misma.

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