>> lunes, 31 de agosto de 2009

- Era invierno. Lo recuerdo. Era invierno porque con el calor de agosto pegándoseme en la piel ahora echo de menos ese gélido viento cortándome la cara.
Era diciembre. Era diciembre el día que me di cuenta de todo lo malo, lo bueno y lo peor. De la mano de alguien que me debía más de un abrazo pagado con caricias secretas, sentidas, suspiradas, preciosas. Preciosa su cara a la luz de la luna, su cabello recorriendo fielmente la espalda que besé hace unas noches. Sus ojos ya no me arropan, ahora perdidos, comprados por algo de alcohol barato y tabaco liado, insípido, atípico. Inundada la escena por la melodía de la poesía callejera, esos sonidos que solo encuentras por los barrios marginales. Sirenas que no viven en el mar, que no encuentran finales de película. Hacía tiempo que no sentía que sus labios eran lo que me saciaba, ella era mi marca de marihuana idónea.
Y ahora, en este pleno calor de verano lejano, mirando como mi cigarro se consume con los recuerdos rotos, atardeceres asquerosamente bonitos y sin ti, sin ella y tampoco lágrimas de amor loco.

Aida González El valor de las caricias mudas.

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