Que sea cierto el jamás.

>> domingo, 13 de marzo de 2011

"Los mayores momentos de la vida vienen por sí solos.
No tiene sentido esperarlos."
Thornton Wilder

Las primeras luces del alba encharcaban el cielo con dulces acuarelas anaranjadas y bañaban a su compás las azoteas de los más altos edificios. La ciudad dormía en un apacible sueño. El silencio se rompía con los pasos madrugadores de algunos transeúntes que se atrevían a desafiar aquel bochorno intenso.
Ella dormía. Se removía entre las sábanas para alejar aquellos cálidos rayos que por los resquicios de su ventana se colaban y tatuaban su piel con ardientes líneas discontinuas. Una película de sudor cubría su cuerpo semidesnudo. El despertador sonó. Quebró la armoniosa tranquilidad que se respiraba con fuertes estruendos que la hicieron abrir los ojos. Sintió una quemazón en los ojos al intentar abrirlos de golpe. Rectificó y lo hizo lentamente, parpadeando varias veces hasta que su retina se acostumbró a la luz del sol. Apagó el reloj de un manotazo y la estancia se volvió a embriagar de paz. Se levantó y tocó de pies en el suelo. El frío mármol recorrió su cuerpo, que agradeció aquel gélido contacto. Recorrió el camino hasta el baño con lentitud. Arrastraba los pies por pura inercia. Su mente se concentraba en el agua fría que le esperaba en la ducha y el día que acababa de empezar.


Fragmento de mi nueva historia, esta vez con un poco más de realidad que lo que viene siendo habitual.


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