La mejor sal para curar las heridas es la que va justo antes del Tequila

>> sábado, 14 de mayo de 2011

Ella andaba por la calle, perdida en el mundo de colores que había creado en su cerebro para no tener que enfrentarse al mundo.
Él andaba por la calle, demasiado atento a las señoritas que pasaban a ambos lados. Se mordía el labio con ansia descontrolada.
Él se choca con Ella.
Él la mira de reojo y le sonríe de manera astuta.
Ella se enrojece y aquella sonrisa logra que una mera casualidad consiga arrancarle el corazón del pecho y entregárselo a un completo desconocido.
Él la invita a un café.
Ella acepta, sin dudar un solo segundo.
En dos sorbos Él la convence de que no va encontrar nada mejor.
Ella confía en sus palabras y vuelve a sonreír de aquella manera angelical.
Él y Ella salen un par de veces más, sin compromisos.
Él la seduce de tal manera que Ella logra olvidar incluso como se llamaba.
Ella abandona ese mundo suyo de colores y se adentra en el pegajoso y sucio juego que es el amor.
Él se aprovecha de todo aquello que puede, juega con el color de sus ojos cuando lo hacen por primera vez.
Ella se lo da todo, sin pedir nada a cambio.
Él se lo lleva todo sin dar ninguna explicación y desaparece.
Ella se queda rota.
A Él le da absolutamente igual y Ella cree que ha perdido al amor de su vida.

Una historia habitual en un mundo normal.

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