¡Oh cállate!

>> martes, 5 de julio de 2011

Despertó. Lo hizo de manera lenta y tediosa, mientras parpadeaba incesantemente. Sus ojos se acostumbraron a la luz. Ya no picaba en la retina la taciturna luna. Aunque si escocía en el alma, donde la noche más oscura se había instalado para hacer mella en unas cicatrices que en este preciso momento se convertían nuevamente en heridas latentes. A tientas, sin ni siquiera girarse, buscó las gafas en la mesa que se encontraba a su izquierda. Topó con la lámpara, la cual no se molestó en encender. También con el libro de autodestrucción, disfrazado de bestseller, aquel que conseguía que hallaras la felicidad, el amor e incluso que perdieses algunos quilos. Tocó las lentes con la punta de los dedos y las atrajo hacía sí. Se las puso y suspiró profundamente. Al levantarse sus pies tomaron contacto con el frío suelo de níveo mármol. Aquello terminó de despejar su mente, la cual aún estaba algo adormilada. Dirigió la mirada al reloj que reinaba la estancia. Las cuatro y cuarto de la mañana. Aún seguía sin conciliar el sueño de manera continua durante una sola noche.
Se levantó de manera decidida. Sorteó las cajas de mudanza que aún seguían esparcidas por la nueva casa. Aquella que había comprado no solo por su gran chimenea, si no por un tejado en el cual le encantaba reflexionar, a pesar de que no fuese de su propiedad. Subió hasta el desván y allí, por una pequeña y estrecha escalera, salió al exterior. A veces pensaba que pasaba más tiempo allí que en el interior. Pero disfrutaba de la presencia de unas estrellas que la observaban. Y una luna plena, que iluminaba su rostro de manera mortecina. Ya no sabía que pensar. Si pensar en él, el cual había huido en el momento menos oportuno. Si pensar en la situación de dependencia extrema en el que vivía. No solo de su familia. Ni de sus amigos. Dependencia a tener miedo siempre. A andar con pies de plomo ante cualquier situación, a pesar de que ésta esté más que asegurada. A sentirse completamente idiota al volver a mirarle, pensando que será diferente esta vez. Nadie le empujará a sentirla de nuevo. Ni siquiera a pensar en nada más que en utilizarla de la manera más ruin que pueda existir. Ya no quedan noches, ni días que vivir en aquel lugar donde la magia parecía algo con lo que convivir.
Sea como fuere, ella sigue sin conciliar el sueño del todo. Sigue pensándole de la manera contraria a como debería. Sigue aferrada a una fe que, poco a poco, se va desvaneciendo.



" Y ahora relájate, ella lo lleva bien, está aliviada ¿ves? Todo acabado bien. Te dice: fíjate, mira mis manos ¿ves? No pesan nada ¿ves? Están flotando ¿ves?"

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