La vereda de la puerta de atrás, por donde te vi marchar.

>> domingo, 27 de noviembre de 2011

- No. Hay cosas que nunca cambian. No cambia la imagen desesperada que encuentro a prisa en un espejo resquebrajado. No cambia que esa imagen sea la mía, la que llora por mi ausencia efímera. No cambian las palabras, esas que a fuerza de ser de aliento se convierten en una soga atada a mi cuello. No cambian los hechos que me hacen partirme en dos de forma automática. No cambian los sueños, el deseo de una vida que no dependa de la veleta de su actitud esta mañana. No cambian mis anhelos de que todo esto acabe, aunque sea más o menos bien. Vaya, creo que ahí me he pasado, es pedir demasiado.
No sé si me he vuelto gilipollas con la edad o es que simplemente me he dejado vencer por los años que tanto me costaron superar, dejando que la guerra ganara mi batalla. La victoria naval de mis lágrimas traicioneras, corriendo por mis mejillas de forma desbocada. Si, esa debe ser la respuesta a todas mis preguntas. La culpa es mía. Tragar las penas y mostrar solo las alegrías mintiéndome a mi misma, como hago desde que tengo conciencia.
Y ahora me llamas. Me susurras que me amas y yo tengo que tirarme a besarte incluso la mierda que hay pegada a tu zapato. Deseando decirte que se acabó. Porque, ya no hay ganas de seguir el show, ni de continuar fingiendo.

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