>> martes, 29 de noviembre de 2011

- A las mujeres simples se las compra con grandes regalos. Joyas carísimas de un escaparate luminoso. Una cena el el restaurante más exclusivo de la ciudad más envidiada.
A las mujeres complejas, a las difíciles, esas que pasan por tu lado sin llamar demasiado la atención. A esas especialmente. A esas se las compra de otra manera. Mejor desagámonos del verbo comprar. Más bien uno se las gana ¿Sabes? Poco a poco, de la manera más insospechada. Cada una de ellas es diferente dentro de la rareza más absoluta. Ellas disfrutan con la luz de la única estrella que queda justo antes del alba. Con el sonido del mar y el profundo olor a sal, que las abraza y las hace sentir. Dales una sonrisa y una tarde de poesía y te pagarán con la mejor de las sonrisas. Ellas son las que mueven el mundo bajo sus pies amigo, ellas son las únicas que pueden robarnos el aliento y devolvernos el aire con un beso. Elige bien, porque como solía decir mi abuela: No es oro todo lo que reluce. Porque ellas, y solo ellas, brillan con luz propia.

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