Perdona si esta vez ya no pienso en ti

>> martes, 10 de enero de 2012


- Una Barcelona espléndida brillaba entre las luces de una tarde temprana invernal. El olor a frío calaba de forma perpetua en mis destartalados huesos, en esos que te impregnaste el día que me regalaste mi primer sueño. Mis pasos, serenos pero a la vez cansados se arrastran por El Barri Gótic, y me encandilo con el sonido de éstos contra el suelo sin pararme a pensar si realmente es mi conciencia la que intenta hacerse hueco a grito pelado entre mis pensamientos irracionalmente perfectos. Llego, sin quererlo, a Arc de Triomf y el crepúsculo se me echó encima de manera soez. Las luces se resentían con la muerte del día. Me dejé caer en un banco cercano y resoplé profundamente. Abracé mi bolso durante un segundo y lo abrí sin dudarlo, no fuera a ser que me arrepintiera en el acto. Saqué veinte cartas, atadas con un cordel ya desgastado. Estiré de una, al azar. Me las sabía de memoria, incluso aquellas partes borradas por las lágrimas se reproducían en mi mente una y otra vez, como un bucle incesante de ideas perdidas. La abrí sin leer su nombre, aunque podía recordarlo, escrito a fuego en mi piel. Resoplé de nuevo y la abrí. Era la del día de mi cumpleaños, la que dejaste en mi mesita antes del amanecer. Habíamos tardado en quedarnos dormidos, hablando, amándonos. Al despertar allí estaba, el sobre con su olor tatuado. Adjuntó un mapa mundi, señalando los sitios donde habíamos acordado dejar nuestra huella. No decía nada más de lo normal. Que me quería (ya claro, como si ahora pudiese creerlo) y que me deseaba toda la felicidad del mundo. Contradictorio. Me dejó para lucrarse de esa felicidad que me arrebató cuando se marchó. No pude pasar del primer párrafo, aunque solía recitarlas cuando quería convencerme de que volvería. No dejé que las lágrimas anidaran más de lo necesario. Saqué un mechero y apreté fuertemente las cartas en mi mano mientras acercaba la llama a ellas. Pronto prendieron. Y yo, en un gesto instintivo, las tiré al suelo, me abracé y observé como se quemaban en el infierno de mi tristeza más profunda. Las cenizas oscuras volaban de acá para allá. Se marchaban, junto con sus falacias en forma de poemas de primavera. Miré a mi alrededor y me sonreí. Era el momento de deshacerme de su recuerdo. Cuando el fuego se extinguió ya no quedaba nada. El viento se lo había llevado todo. Incluso mis lágrimas. Me levanté del banco y deshice mis pasos. Me dirigí a la boca del metro pero, justo antes de entrar, me paré junto a una papelera. Rebusqué en mi bolso y saqué tu foto. Por enésima vez la arrugué, decidida que esta sería la última y, con fuerza la lancé al vacío de nuestras noches eternas, convencida de que las cosas iban a cambiar.


"Y notas frío, hace frío, esta noche te duele demasiado..."

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