Epílogo

>> domingo, 8 de julio de 2012

 - ¿El tercer hombre? 

Alexandra se acomodó en el viejo diván de piel marrón que presidía la consulta de la doctora. Miró hacia otro lado, con la boca abierta, intentando que de ella surgieran las palabras adecuadas, aquellas que serían su llave maestra, esa que la sacarían de aquel infierno en el que su padre la había encerrado a vista de los últimos acontecimientos. 
Aún podía sentirle. Veía la cara de César con una claridad abrumadora entre los cajones caóticos de sus recuerdos. Cerró los ojos, evitando que las lágrimas se derramaran, escondiéndolas así, presas entre sus párpados. La doctora la miraba fijamente, fríamente, analizando cada uno de sus movimientos como si fueran la revelación, aquella que le diera todas las claves para apuntar en su libreta de tapas azabache que realmente todo lo que vivió, todo lo que ella misma pudo tocar, era solamente un engaño absoluto de su mente perturbada. 

- Si, el tercer hombre. Es un síndrome muy común en personas que, al sentirse solas, su subconsciente inventa a alguien para que le sirva de ayuda al superar sus obstáculos y, después, desaparece sin dar   ninguna clase de motivo ¿No es eso lo que le pasó con el sujeto del que me habla?
- No es ningún sujeto, doctora.- Puntualizó Alex, aún sin abrir los ojos, perdida en el sabor de sus labios. Se relamió instintivamente.- Su nombre es César, César Adrover, ya se lo dije. 
- No le conviene encariñarse más con el sujeto.- Insistió, su tono se tornaba cansado y desagradable, no le apetecía lidiar con una situación así.- Es más, debería dejarse aconsejar por mi un poco más a menudo, tomar las pastillas que le receté la ayudarán a dormir y a no pensar...
- ¿A no pensar en qué doctora? ¿En él? - Espetó Alex, levantándose furiosa del diván, dejando que, por esta vez, las lágrimas se le escaparan por los ojos, resbalando por sus mejillas encendidas de rabia.- ¿Me está diciendo que la única solución que me queda es drogarme hasta caer dormida y así no soñar más con César? 
- Según lo que me ha contado su padre no sería la primera vez que se droga, no creo que le resulte demasiado extraño.- Soltó la doctora, mirándola como hacía tiempo que no la miraban, por encima del hombro, sintiéndose superior a ella.
- Usted no me conoce de nada, y aún menos mi padre.- Ahora su voz se tornaba grito, que retumbaba entre las paredes de la pequeña consulta.- Él existió, sentí su piel contra la mía cuando hacíamos el amor, sentí su aliento en mi cuello cuando me dijo que no podía enamorarse de mi. Me importa bastante poco lo que pueda pensar, no voy a tomarme esas pastillas para que él desaparezca del todo, no pienso permitirlo. 

Alex recogió su bolso y, con fuerza, abrió la puerta y salió de ella dando un portazo. Ahora el llanto cubría su rostro, arrastrando con él la máscara que, con el tiempo, había adquirido a base de golpes del destino. Al salir a la calle la nieve la sorprendió sin nada más que ponerse que una nueva identidad. El invierno se le echó encima como una tediosa acusación, mientras ella, con la última esperanza saliéndosele por los bolsillos de su roído abrigo, marcó por última vez su número. 
El primer tono llegó justamente antes de la última pastilla del bote. 



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